
Prontas al cordel de nácar saltaron unas perlitas. Frecuentaba el sol la mañana, su látex emperifollado de luminarias en amarillo belga daba de latigazos en los culitos joya. Al piletón de aguamar y ópalo bendito la concha abierta desprendía uno a uno sus perlones blanco-selva y sus patinetas de savia. Leche con flemitas celeste, ojos de pez y caracoles vivos hacían de ensalada para el apetito cíclico de un poder liviano, animal. Los perfiles dorados de los hipocampos dábanle complacencia a ese monstruo de mar. Pero sufría y su dolor saciábase sólo fregando el esplendor del cielo con un guascazo de potro gigantón. Pluviales meteoritos de semen coagulado parten las paredes de vidrio negro, ¡nacen las estrellas!